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Anidar en el cuerpo

El 4 de Enero empieza una nueva edición de Anidar en el cuerpo. Hoy te contamos un poco más sobre el espíritu de este trabajo.

En este momento, la vida nos está invitando a volver al nido, a reconocer que el auto cuidado es una necesidad vital de todo ser humano. Si miramos este volver a casa como una oportunidad, podremos conocer muchas partes olvidadas o desconocidas de nosotros mismos. Llegó el momento de reconocer espacios que se quedaron desatendidos por el exceso de estímulos externos que nos empujaban a salir a consumir y a divertirnos, inclusive en momentos en los que internamente no teníamos tantas ganas de hacerlo.


En algunas casas la inercia del hacer dio espacio al sentir o atender. Cada persona, con su realidad particular, está teniendo que restaurarse y reconocer que por más que queramos volver atrás, la vida ha cambiado. Cuanto menos resistencias pongamos, más fácil será nuestra vida cotidiana, y más podremos ayudar nuestro entorno a relajarse y confiar en una nueva posibilidad de relacionarnos con el mundo.


Anidar en el cuerpo puede ayudarte a reconocer la importancia de descansar y regenerar tu cuerpo y mente de tantos impactos que estamos viviendo. Mirar el cuerpo con una perspectiva amorosa, de acompañamiento y respeto hacia ti mismo, te ayudará a crear una relación de confianza y fortaleza blanda sin tanta rigidez para ti y tu entorno.


Te invito este diciembre a rever tu agenda personal y vital para reencontrarte con las cosas que te ayudaron y te ayudan a seguir fortaleciendo la esencia de este espacio vital, que a pesar de ser cambiante te dará una directriz para seguir por este camino tan misterioso llamado vida.


La impermanencia de las cosas, la incertidumbre de si vamos seguir vivos, todo esto tan obvio que considerábamos tan distante vino de repente para despertarnos y hacernos valorar lo sagrado y único que es ocupar un espacio dentro de este planeta tierra.


Es primordial tener nuestro cuerpo presente, despierto, para poder escuchar lo que realmente necesita y salir de la impulsividad y reactividad tan conocida por todos nosotros. Desde que empezamos a caminar juntos en este contexto de la pandemia, fuimos llevados a acompañarnos de maneras muy diferentes de lo que estábamos acostumbrados. Personas que quedaban lejos ahora están cerca, y otras  que estaban cerca ahora nos quedaron más lejos.


Me acuerdo de pequeña querer poner mi cabeza entre las piernas para mirar la vida boca abajo, al revés. Ahora, en cuestión de meses, tuvimos que ver nuestro mundo “estructurado” completamente boca abajo. Nuestros encuentros fueron desplazados a una pantalla, y nuestro salón, habitación y otros espacios de nuestras casas fueron desvelados (o parte de ellos) por todos los que se sentían llamados a compartir por las redes sociales. La palabra normalidad entró de golpe en nuestras vidas. No la normalidad que hablamos, sino la normalidad del ordinario de la vida cotidiana de nuestras casas. Empezamos a construir parte de nuestro nido en el espacio entre cuatro paredes, al tener que reducir nuestra vida diaria y del trabajo a la redes.


Empezamos a crear nuestro nido particular casi sin darnos cuenta.Tanto fue así que en estos meses algunas personas restauraron sus casas, cambiaron de casa, salieron de la ciudad para el campo, o del campo para la ciudad, volvieron a casa de un familiar o empezaron a compartir de manera completamente distinta su hogar.


Nuestra casa, nuestra intimidad, fue abierta al mundo. Creamos nuevos grupos, rescatamos antiguas relaciones, descubrimos personas con afinidades similares, y nos aburrimos también con el exceso de tiempo e información. Vamos encontrándonos con lo esencial.


Anidar es dar calor a nuestro cuerpo, tomando contacto y consciencia de lo importante que es sentir la vida desde este espacio que siente, se mueve, cambia y se transforma constantemente.


Fortalecer el nido significa fortalecer nuestro interior, nuestra esencia como ser único que somos. Es reconocer que cuanto más conozco este mundo interior, que espera ser habitado, más podré aceptarme, cuidarme, y al menos intentar comprender lo que está pasando con los otros nidos que viven de manera interdependiente en este mundo.


Cada vez que llevo la consciencia de vuelta a mi cuerpo y a mi respiración, es una rama que traigo a mi nido.


Anidar en un mundo tan reactivo e inseguro es darme el permiso de vivir sintiendo el abrazo de la vida, que no me pide nada a cambio. Lo único que pide es que confíe, que deje que me enseñe la forma de vivir de manera comprometida y relajada a la vez.